Más de 300 dibujos de Goya en el Museo del Padro

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No hay rastro de Goya en la inauguración del Museo del Prado el 19 de noviembre de 1819. Tenía 73 años y ese invierno padecía una dolorosa enfermedad que habría dejado un testimonio en una imagen de gratitud al médico que lo salvó: en él, se muestra en su cama, con la cabeza hacia atrás y la cara contraída en un rostro de sufrimiento, mientras el médico le trae un vaso de medicina que lo liberará de sus dolores. Tal vez la enfermedad le impidió acercarse a la inauguración del museo, o tal vez, como señala Manuela Mena, fue precisamente esta salida prematura la que le causó la enfermedad. En cualquier caso, Goya fue el artista vivo más importante cuya obra estaba colgada en el Prado ese día (dos retratos del rey Carlos IV y de la reina María Luisa de Parma, sí, pero no al lado de Velázquez como él quisiera). Y como artista vivo, regresa hoy para celebrar su bicentenario.

«El arte contemporáneo es el arte hecho hoy o el arte que tiene algo que decirnos hoy», pregunta Miguel Falomir. Y la respuesta, para el director del Museo del Prado, es clara en el caso de Goya: «No recuerdo a ningún artista contemporáneo que haya tratado la violencia contra la mujer como él, o las consecuencias de la guerra, o que más precisamente refleje las pesadillas que torturan al hombre moderno.» Lo hizo, en una tumba abierta, en algunas de sus pinturas, pero sobre todo en sus dibujos, donde reflejaba sus pasiones y preocupaciones privadas, muchas de ellas para él, sin intención de ser expuestas. Contemplarlas es como acceder a tus pensamientos. Es la mayor, pero no la única, atracción de Sólo la voluntad que me queda, «una de las mejores exposiciones que se pueden ver en este momento en el mundo», en palabras de Falomir. Sin duda, una exposición excepcional que reúne por primera vez más de trescientos dibujos de Goya, la más grande hasta la fecha y sin duda la última en un largo periodo de esta envergadura.

Los dibujos de Goya son siempre sorprendentes. Los comisarios de la exposición, José Manuel Matilla y Manuela Mena, dos de las personas que mejor conocen su trabajo, a quienes han dedicado años de su vida, a iluminar y purificar su imagen de los clichés, como chovinistas o defensores del toreo. «No es el primer reportero de guerra, como se ha dicho a menudo, ni un pintor habitual», dice Mena, «sino un artista filósofo, un creador que pertenece al mundo de las ideas.

Y es precisamente en sus dibujos donde se exponen sus pensamientos. Hay en ellos una profunda angustia existencial, gritos de desesperación antes de la guerra, de odio contra la crueldad, la desesperación y la locura. También hay una empatía por las mujeres, que muestra en un pequeño dibujo titulado Lucha conyugal en una lucha irregular con el marido, una visión aterradora de una lucha, el espacio desordenado y el jarrón en primer plano. En otra, el marido de Mal, una vez más, lamenta a la mujer que lleva a su marido sobre sus hombros mientras él la maltrataba.

¿Una feminista Goya? Todo el mundo tiene que responder a esta pregunta solo. Pero parece claro que Goya capta la horrible verdad de lo que vivió e imaginó, de una construcción intelectual que lo sitúa. «Hay temas centrales en sus dibujos que siguen siendo muy actuales, como el control ideológico de las multitudes por parte de las élites, la violencia innata, el miedo a la vejez», añade Matilla, para quien Goya fue también un antiturista que destacó su visión crítica con la violencia de luchas desiguales que a menudo terminaron con la trágica muerte de sementales, nunca de caballos y toreros.

Para subrayar la contemporaneidad de Goya, la exposición del Museo del Prado pintó de blanco las paredes y colocó carteles explicativos en cada uno de los dibujos -hay mucho que ver, pero también mucho que leer-, desde su debut en Italia hasta el cuaderno de Burdeos, con copias de las pinturas de Velázquez, su implacable serie de brujas y mujeres mayores, la crítica a la aristocracia y a los viejos pedófilos que parecen estar más en el mundo de los muertos que en el mundo de los vivos o en su dura visión del clero, hasta el último autorretrato, cuando tenía 82 años, un anciano de pelo blanco y barba, doblado, caminando sobre las cañas, tal vez él mismo, y hace una declaración desarmante: «Todavía estoy aprendiendo. En el centro del espectáculo, presentado en una ventana, se encuentra el álbum C, donde Goya ha recopilado todo sobre ella, impresores que han dejado las hojas y ahora las cruzan ocupando toda una sala.

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